Acabo de regresar de San Francisco como nuevo. Me fui de escapada, siete días. Sucunbí, de nuevo, a sus encantos.

Para desconectar no hay nada mejor que huir a miles de kilómetros y a una gran ciudad. Me gusta perderme entre una multitud desconocida. Incluso cambiar de look sin que nadie me critique.

Si un día te apetece dejarte bigote, nadie te va a preguntar por qué. Si decides ponerte sombrero, tampoco. Si decides ir despeinado, tampoco. Eso para mi es libertad.

Los paseos nocturnos por el barrio chino son salud. Dar un paseo por el Fisherman es tranquilidad. Una mañana tomando un café por el Pier, orgía.

Volver a Madrid después de esa desconexión es agridulce. Por un lado las ganas de volver a mi habitación, mi mundo. Pero por otro la tristeza de abandonar de nuevo la ciudad de mis sueños. Porque una ciudad no te enamora hasta que no has soñado con ella mil veces. Algo así.